martes, 14 de julio de 2009

En torno a las pulsiones y la actividad artística como terapia

El cuerpo (y la mente) son construcciones fundamentalmente sociales y culturales.
A raíz de la lectura de algunas obras de Judith Butler, intelectual y destacada pensadora feminista, como Deshacer el género, y relacionándolo con el tema de las pulsiones, extraigo diversas reflexiones en torno a la naturaleza de la construcción humana.

Las pulsiones se hacen presentes en el aparato psíquico y son controladas, reprimidas y reducidas mediante las leyes hegemónicas existentes.
Creo que la violencia es algo presente e innato en todo individuo, es una pulsión, es natural en el ser humano, sólo que este es medido y controlado mediante las influencias sociales y culturales.

Esto me recuerda a un debate que mantuve con una profesora de escultura durante la facultad, a la que yo le decía que pensaba que la violencia era natural, ella me miró con ojos sorprendidos como si lo que estuviera diciendo fuese un disparate.
Que la violencia pueda o no ser beneficiosa para la convivencia en sociedad (para ello es controlada y castigada), no quiere decir que sea propio de desequilibrados mentales.
El cuerpo y por derivación el sexo, no tiene lugar, no es reconocido en el espacio público, no puede manifestarse en él como tal. El cuerpo es controlado hasta en el espacio privado. Adquirimos unas conductas de comportamientos de nuestros cuerpos, cómo debemos cubrirlos (dependiendo del género, aunque éste como tal lo hayamos limitado a una dualidad única de hombre-mujer), como debemos caminar, sentarnos, movernos, mirar o hablar, con quién debemos acostarnos y con quién no.
Me produce escalofríos pensar hasta qué punto no somos individuos, sino productos de una construcción social y cultural prefabricada, de cómo dependiendo de la cantidad de represión que hayamos sufrido de nuestras pulsiones naturales desarrollaremos carencias, angustias y ansiedades.

El arte es un arma contra las represiones sociales de las pulsiones, el arte, bajo esa capa de bonito e insignificante saca a relucir todas nuestras más crudas realidades, nuestras carencias, ansiedades y represiones. El arte es fundamentalmente dramático.
El arte nos permite transformarnos, explorarnos y acercarnos a nosotros mismos como no podríamos hacerlo de cualquier otra manera.

“Nunca estamos exactamente presentes ante nosotros mismos o ante los otros. Por tanto, no somos exactamente reales para el otro, no somos siquiera bastante reales para nosotros mismos. Y esta radical alteridad es nuestra mejor oportunidad de atraer y de ser atraídos por los otros, de seducir y de ser seducidos. Dicho simplemente, nuestra oportunidad para la vida”.

Esta cita me invita a pensar en torno a la poca evidencia del ser humano. Un sujeto nunca es evidente, siempre puede sorprenderte y a la vez sorprenderse a sí mismo. Creo que son las preguntas y no las respuestas, las que arrojan significado a la existencia.

Nazaret Umpiérrez del Río

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